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Está claro que algo nos pasa. Este artículo llevaba bastante tiempo escrito y guardado porque nunca había encontrado el momento de revisarlo y publicarlo. Creo que ese momento ha llegado. En un año en el que Alfred García ha puesto el foco sobre la ansiedad juvenil, en el que El Rubius se ha tomado unos meses de descanso por sus problemas de ansiedad y en el que parece que hay esperanza real de cambio con movimientos como el #MeToo, ha llegado el momento de hablar de la generación de la contradicción, la nuestra.

Entender lo que significa la generación de la contradicción no es una tarea sencilla. Desde siempre, la adolescencia y la juventud han sido momentos de pura contradicción. Los esquemas por los que se rige la realidad son cuestionados y la identidad se está desarrollando. El problema surge cuando aparece una generación (que se acostumbra a llamar millennial) en la que este choque parece no terminar nunca. Personas de más de treinta años siguen sintiéndose adolescentes: el modelo de vida al que aspiraban parece que nunca termina de cuajar y esto genera una gran contradicción entre la realidad y el deseo que culmina en una frustración difícil de llevar.

Sobre esta generación de la contradicción se ha hablado y escrito muchísimo. Se nos ha tachado de adictos a las redes sociales, narcisistas, la generación de la selfie, los incapaces de mantener vínculos en el tiempo… Son muchas las caricaturas que se han hecho de los millennial y muchas más las explicaciones en su mayoría absurdas de nuestro comportamiento. Son pocas las voces que realmente se han planteado el motivo de toda esta contradicción que vivimos todos y todas pero que especialmente afecta a nuestra generación. Además, estas voces están silenciadas y permanecen en los circuitos del margen: la investigación académica, el arte contemporáneo o determinados círculos muy pequeños. Estas voces de las que hablo, dejan de hablar en términos de millennialsstart ups y emprendimiento y comienzan a reflexionar sobre el modelo económico y sus implicaciones en los individuos.

Si esta contradicción generalizada afecta especialmente a una generación es porque somos los nacidos después de los años 80 los que hemos llegado a un mundo en el que el modelo neoliberal estaba ya consolidado. Este nuevo modelo se diferencia del capitalismo anterior porque vemos cómo empieza a afectar a nuestra identidad y a controlarnos a través del biopoder en términos de Foucault. Construir nuestra identidad en un mundo en el que la propia identidad está mercantilizada es una tarea casi imposible. Nuestros gustos, nuestros objetos y nuestra manera de consumir hablan de quiénes somos. El modelo económico se infiltra en nuestro organismo y esta contradicción se transforma incluso en malestar físico: en momentos de “bajón” o incluso en depresión. En este sentido, me resultó muy revelador y al mismo tiempo extremadamente preocupante este artículo de The New York Times Magazineque ha puesto el foco sobre la ansiedad severa que cada vez sufren más adolescentes en Estados Unidos debido especialmente a la presión académica y a no saber gestionar la frustración.

Esta relación entre modelo económico e identidad es más fácil de entender si recurrimos a un ejemplo concreto, a un campo en el que esto lleva ya tiempo ocurriendo. Se trata del terreno de las relaciones afectivas. Nuestras relaciones y vínculos personales no han permanecido al margen de los cambios en el modelo económico. Esta concepción la podemos ver claramente en cómo entendemos el amor en términos económicos. Hablamos de “amigos con derechos” (en inglés “friends with benefits”) o de estar “en el mercado”. Un artículo de Moira Weigel publicado hace un año en el New York Times planteaba incluso que hemos pasado a ser “autónomos” y buscamos relaciones cortas y que solo se mantengan mientras haya un beneficio para las dos partes.

Uno de los sociólogos que explica bien este nuevo contexto es Richard Sennet. En uno de los capítulos de La corrosión del carácter explica el contraste entre generaciones. El paso de una vida con un trabajo fijo a tener varios puestos de trabajo o incluso trabajar por proyectos. Este capítulo, de hecho, lleva el título de A la deriva. Sennet afirma que esta serie de cambios hacen que podamos hablar de posmodernidad o neocapitalismoLa corrosión del carácter es precisamente eso: cómo el modelo económico ha cambiado la forma que tenemos de entender el mundo y de construir nuestra identidad.

Fotograma de la serie Master of None

Además de estos autores que hablan de una nueva modernidad en la que la identidad se difumina, encontramos muchas narrativas contemporáneas que se están construyendo en torno a esta idea de generación de la contradicción. El ejemplo más claro, es la serie Master of Nonede Netflix. Está escrita, dirigida y protagonizada por Aziz Ansari (las series en las que el creador es el protagonista llevan unos años siendo tendencia) y narra las vidas de un grupo de amigos que viven en Nueva York. La serie aborda muchos temas de actualidad desde la mirada de nuestra generación. Se habla sutil pero inteligentemente de racismo, de feminismo, homosexualidad, de la situación laboral… Se hace especial hincapié en la serie a las relaciones personales y a cómo estas han cambiado. De hecho, el segundo capítulo de la primera temporada que lleva el nombre “Padres”, cuenta exactamente lo mismo que el capítulo de Sennet que mencionaba antes: el mundo ha cambiado y la manera más clara de verlo es en las diferencias entre generaciones. Otro capítulo de la serie que ha dado mucho de que hablar es el octavo de la segunda temporada. Lleva el título de “Thanksgiving” (acción de gracias) y es por el que Master of None ha sido premiada en los Emmys. Se narra la salida del armario de una mujer afroamericana ante su familia y esto sirve de excusa para explorar las relaciones familiares de varias generaciones. La serie en su conjunto es un reflejo de lo compleja que es la realidad hoy en día: cuando no sabríamos definir en una frase de qué trabajamos o qué estudiamos pero tampoco la relación que mantenemos con la gente de nuestro entorno.

Fotograma de la serie Please Like Me

Otra serie que también se mueve en esta línea es Please Like Me. En este caso está creada y protagonizada por Josh Thomas. En el centro vemos de nuevo las vidas de un grupo de amigos. Las diferentes situaciones que se van planteando sirven para hablar de temas como el aborto, el feminismo, el veganismo y, cómo no, de las relaciones afectivas y del poliamor. Con un humor ingenioso y con una estética en la que se nota la mano del creador en todo momento se van introduciendo estos y más temas que nos preocupan especialmente a los nacidos después de los ochenta. En este caso, la narrativa está construida para que vayamos evolucionando con el protagonista cada capítulo. Josh se tiene que enfrentar a un mundo lleno de contradicciones. El acierto de Please Like Me es saber abordar estas situaciones con sentido del humor e ironía.

Una de las conclusiones que podemos sacar, al acercarnos a este tipo de relatos, es que la propia generación de la contradicción es la que mejor puede contar estas historias. Tenemos también el caso del director Xavier Dolan, conocido sobre todo por su película Mommy (que fue Premio del Jurado en el festival de Cannes de 2014). Esta película que es una revisión de su primer film J’ai tué ma mère profundiza en la compleja relación de un chico con su madre. Aunque en toda la obra de Dolan está presente esta contradicción que estamos tratando, quizá Les Amours Imaginaires (2010) es la que mejor aborda el tema de las relaciones afectivas. Es la historia de dos amigos que se enamoran del mismo chico pero, sobre todo, es la historia de la frustración que genera la búsqueda perpetua del amor romántico.

El tratamiento del color en varias escenas de amor en la película Les Amours Imaginaires de Xavier Dolan

Otro ejemplo de este tipo de narrativas es La La Land, aunque no me extenderé comentándola porque ya lo hice en un artículo en Pompeunomics.

Por último, creo que es importante que tengamos presente la película Up in the Air, dirigida por Jason Reitman y protagonizada por George Clooney. En este film la temática es de nuevo la contradicción. Sin embargo, en este caso no solo la experimenta la generación millennial. La mayoría del largometraje transcurre en aeropuertos y aviones, un escenario perfecto para explicar lo que significa la globalización en el terreno laboral y personal. La historia nos va explicando de qué manera afectan a los personajes los cambios tecnológicos en el mundo laboral pero también la forma que tienen todos estos cambios de incidir en las relaciones afectivas.


En todas las generaciones siempre ha existido cierta contracción. No obstante, los cambios en el modelo económico a partir de los años 80 y los efectos que estos han tenido en la vida cotidiana han provocado que una generación se quede atrapada en la contradicción permanente. Esto, evidentemente se ve reforzado porque las marcas aprovechan este contexto para ofrecer al consumidor las respuestas que necesita, la estabilidad o identidad que busca.

En este ya no tan nuevo escenario al que parece que nos tenemos que acostumbrar, voces como las de Alfred o El Rubius se hacen imprescindibles. No se trata de alarmarnos o entrar en pánico por estos cambios. Desde mi punto de vista, debemos quitar (a ratos, si no nos volveríamos locos) el filtro “cool” que aplicamos a esta posmodernidad para reflexionar: el modelo económico ha afectado y afecta a nuestras vidas y subjetividades. Como parece que el modelo neoliberal ha llegado para quedarse, poner el foco en estos cambios y en sus consecuencias me parece uno de los debates importantes que tenemos que iniciar como sociedad este año.

Referencias: