Artículo publicado en La Piedra de Sísifo el 8/10/2019.

Joker no es una película de superhéroes. Toma la esencia de lo que solía ser una historia de superhéroes y la enfrenta al contexto actual. Un ejercicio brillante de Todd Phillips con el parece pretender dejarnos claro que, si en la actualidad apareciese un superhéroe, este solo podría ser un villano.

Los superhéroes tal y como los conocemos surgen en la primera mitad del siglo XX en la cultura occidental. Un periodo de guerras en el que todo parecía cambiar a pasos agigantados. Un mundo que era concebido en bloques que luchaban entre sí para dominar al otro. Es en este contexto donde surgen estos personajes que nos hacen reflexionar sobre el bien y el mal, que vienen a salvar las sociedades occidentales de la destrucción. Cumplían una función determinada en un momento concreto. Es el caso de El Capitán América, que aparece en 1941 y que apoya a las tropas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. En un mundo que parecía destruirse poco a poco, aparecían ellos para salvarnos.

Esta vez el protagonista es el villano. En Joker el bien y el mal convergen en el personaje de Arthur Fleck, un hombre corriente al que su contexto personal y social le llevan a encontrar en la violencia una salida para dejar de pasar desapercibido. Además, el film tiene un tono realista que rompe con los códigos de las películas de superhéroes. Si no fuera por un par de referencias a la familia Wayne y a la historia de Bruce, podríamos estar en Nueva York en lugar de en Gotham.

Debería ser innecesario recordar que Joker no representa la realidad: es un ejercicio de ficción. No, Arthur Fleck no es “el votante de Trump” como nos cansaremos de leer esta semana. No, Joker no es una oda a la violencia que intente vendernos una versión romántica del anarquismo violento y de la enfermedad mental. La película nos plantea que dado un contexto social y personal determinado, cualquiera de nosotros podría convertirse en el Joker. O lo que puede ser aún más inquietante: que la persona que está sentada a nuestro lado en la sala de cine podría estar inmersa en este proceso de conversión.

Esta idea o premisa es profundamente incómoda. Quizá es por eso que Joker ha desatado la polémica. Las familias de las víctimas del tiroteo de Aurora, en la que un hombre con el pelo teñido de naranja mató a doce personas e hirió a otras cincuenta y nueve durante el estreno de The Dark Knight Risespedían responsabilidad a Warner Bros. Pictures porque creían que Joker podía alentar a ese tipo de violencia. La crítica cinematográfica también habla de cierta irresponsabilidad en el planteamiento de Todd Phillips.

Este debate eclipsa la verdadera cuestión de fondo sobre la que Joker intenta hacernos reflexionar: todos nosotros, y la sociedad que hemos construido, tenemos parte de culpa en la creación del Joker. La verdadera irresponsabilidad está en no abrir el debate sobre la facilidad para acceder a un arma en EEUU, sobre la enfermedad mental, la marginación social más absoluta, sobre el abuso del poder y la corrupción.

Joker retoma en cierta medida la función social de los superhéroes de la Edad de Oro. Sin embargo, en nuestras sociedades actuales parece que el héroe no tiene cabida, solo nos quedan los villanos. Es Arthur Fleck quien viene a salvarnos mediante una reflexión incómoda: en un contexto que caricaturiza al actual, cualquiera es candidato a convertirse en el próximo Joker.